Un estado de alarma ante el misterio, un agudo sentido de la realidad de lo invisible y, si se quiere, la certeza de que todo enigma es sólo una provocación de la verdad, pudorosa o tiránica, que quiere probar largamente nuestra voluntad de sacrificio antes de entregarnos sus revelaciones, animan la vida de los místicos y la de los detectives. A veces, hasta sus procedimientos se confunden, lo que es una prueba de sus afinidades. La historia está llena de místicos con alma de sabuesos, de hombres que olfateaban la eternidad y buscaban las huellas digitales del Señor en los picaportes o en el cristal de las ventanas; a la inversa, tampoco puede negarse la existencia de detectives dueños de revelaciones sobrenaturales, en cuyos éxtais policíacos aparece en forma concreta el proceso de un crimen, con detalles y evidencias que serán luego desarrollados a priori, hasta llegar a una verdad idéntica a la revelada. Claro es que todo eso no autoriza a conceder crédito al primer investigador aficionado que ponga los ojos en blanco y hable con unción de las latitudes del misterio, o pretenda ordenar sólo intuitivamente un rompecabezas del género policial. Es conveniente desconfiar de la educación metafísica de esos pesquisantes.
Manuel Peyrou
"La espada dormida"
miércoles 9 de enero de 2008
viernes 28 de diciembre de 2007
2008
¿Cómo será el nuevo año? ¿Importa realmente pensar en esto? ¿O se trata solamente de una separación que nos hacemos y en realidad no hay límite entre el 2007 y el 2008, no hay límites de tiempo entre los años y, en realidad, insisto, vivimos en una eternidad difusa, construida a partir de algún que otro recuerdo?
Es esta ansiedad del año que viene como la ansiedad de época de elecciones que lleva a la mayoría a ser austeros con la plata por si las moscas, o por si los políticos, o la Política.
No sé por qué me tiemblan las piernas y zapateo una y otra vez con el pie cada vez que se acerca un nuevo año. Creo que en realidad esta forma de intercalar ansiedades en el tiempo es una forma de autoflagelamiento. ¿Por qué no vivir sin límites temporales y ser felices como los niños.
Al final, hay que creerle a Charly cuando dice
"Tengo una ansiedad
como de Año Nuevo
Nunca sé dónde voy
Nunca sé dónde estoy
Tengo miedo de la escena de la calle
Tengo miedo que en la calle no haya nadie ..."
Los que vivimos en la década del setenta sabemos.
Es esta ansiedad del año que viene como la ansiedad de época de elecciones que lleva a la mayoría a ser austeros con la plata por si las moscas, o por si los políticos, o la Política.
No sé por qué me tiemblan las piernas y zapateo una y otra vez con el pie cada vez que se acerca un nuevo año. Creo que en realidad esta forma de intercalar ansiedades en el tiempo es una forma de autoflagelamiento. ¿Por qué no vivir sin límites temporales y ser felices como los niños.
Al final, hay que creerle a Charly cuando dice
"Tengo una ansiedad
como de Año Nuevo
Nunca sé dónde voy
Nunca sé dónde estoy
Tengo miedo de la escena de la calle
Tengo miedo que en la calle no haya nadie ..."
Los que vivimos en la década del setenta sabemos.
sábado 22 de diciembre de 2007
Sobre la descripción literaria
Esta nota de Borges que apareció en la revista Sur allá por los años treinta puede parecer pasada de moda. Sin embargo, no deja de ser un pequeño hallazgo, ya que las notas de Borges no circulan tanto en impreso. Vaya a saber si no soy la primera en rescatarla.
Borges ya hablaba de la descripción como género. Los lectores podemos estar de acuerdo o no con las censuras borgeanas, pero la categorización es muy clara y útil para el escritor que no tenga ganas de pasar papelones.
Sobre la descripción literaria
Lessing, De Quincey, Ruskin, Remy de Gourmont, Unamuno, han pre-ocupado y dilucidado el problema que voy a comentar. No me propongo refutar ni corroborar lo que han dicho; más bien indicaré, con acopio de ejemplos ilustrativos, las fallas habituales del género. La primera es de tipo metafísico; en los ejemplos desiguales que siguen el curioso lector la percibirá fácilmente.
Las torres de las iglesias y las chimeneas de las fábricas yerguen sus pirámides agudas y sus tallos rígidos ... (Groussac).
La luna conducía su albo bajel por la extensión serena ... (Oyuela).
¡Oh luna que diriges como sportswoman sabia por zodíacos y eclípticas tu lindo cabriolé ... (Lugones).
Al variar mínimamente la acomodación ocular, vemos la alberca habitada por todo un paisaje. El huerto se baña en ella: las manzanas nadan reflejadas en el líquido y la luna de prima noche pasea por el fondo su inspectora faz de buzo. (Ortega y Gasset).
El puente viejo tiende su arco sobre el río, uniendo las quintas al campo tranquilo. (Güiraldes).
Si no me engaño, los ilustres fragmentos que he congregado, sufren de una leve incomodidad. A una indivisa imagen sustituyen un sujeto, un verbo y un complemento directo. Para mayor enredo, ese complemento directo resulta ser el mismo sujeto, ligeramente enmascarado. El bajel conducido por la luna es la misma luna; las chimeneas y torres yerguen pirámides agudas y tallos rígidos que son las mismas torres y chimeneas; la luna de prima noche pasea por el fondo de la pileta una inspectora faz, que no difiere de la luna de prima noche. Güiraldes muy superfluamente distingue el arco sobre el río y el puente viejo y deja que dos verbos activos –tender y unir- agiten una sola imagen inmóvil. En el jocoso apóstrofe de Lugones, la luna es una sportswoman que dirige “por zodíacos y eclípticas un lindo cabriole” –que es la misma luna. Los defensores de ese desdoblamiento verbal pueden argumentar que el acto de percibir una cosa –la frecuentada luna, digamos- no es menos complicado que sus metáforas, pues la memoria y la sugestión intervienen; yo les replicaría con el principio taxativo de Occam: No hay que multiplicar en vano las entidades.
Otro método censurable es la enumeración y definición de las partes de un todo. Me limitaré a un solo ejemplo:
Ofrecía sus pies en sandalias de gamuza morada, ceñidas con una escarcha de gemas ... sus brazos y su garganta desnudos, sin una luz de joyas; sus pechos, firmes, alzados; su vientre, hundido, sin regazo, huyendo de la opulencia nacida en la cintura; las mejillas doradas; los ojos, de un resplandor enjuto, agrandados por el antimonio; la boca, con el jugoso encendimiento de algunas flores; la frente, interrumpida por una senda de amatistas que se extraviaba en su cabellera de brillos de acero, repartida sobre los hombros en trenzas de una íntima ondulación. (Miró).
Trece o catorce términos integran la caótica serie; el autor nos invita a concebir esos disjecta membra y a coordinarlos en una sola imagen coherente. Esa operación mental es impracticable: nadie se aviene a imaginar pies del tipo X y añadirles una garganta del tipo Y y mejillas del tipo Z ... – Herbert Spencer (The philosophy of style, 1852) ha discutido ya este problema.
Lo anterior no quiere vedar toda enumeración. Las de los Salmos, las de Whitman y las de Blake tienen valor interjectivo; otras existen verbalmente, aunque son irrepresentables. Por ejemplo, ésta:
Salió al punto de en medio de la baraja de corchetes y reos un diablo padre, vejancón y potroso, descarriado de piernas, mellado de vista, cavernoso de carrillos, y con la herramienta de arañar tan larga como la de un escribano. Pareció éste tirando por el ramal de una difunta dromedario, con una jornada de cuerpo, tan pesada, terca y perezosa, que conduciéndola al teatro, le faltó poco para reventar el demonio añejo. (Torres Villarroel).
He denunciado en esta página los dos errores habituales del género. En otras (verbigracia, en Discusión, 1932, págs. 109-114) he razonado el único procedimiento que me parece válido. El procedimiento indirecto, el que maneja con esplendor William Shakespeare en la escena primera del acto quinto del Merchant of Venice.
Jorge Luis Borges
Borges ya hablaba de la descripción como género. Los lectores podemos estar de acuerdo o no con las censuras borgeanas, pero la categorización es muy clara y útil para el escritor que no tenga ganas de pasar papelones.
Sobre la descripción literaria
Lessing, De Quincey, Ruskin, Remy de Gourmont, Unamuno, han pre-ocupado y dilucidado el problema que voy a comentar. No me propongo refutar ni corroborar lo que han dicho; más bien indicaré, con acopio de ejemplos ilustrativos, las fallas habituales del género. La primera es de tipo metafísico; en los ejemplos desiguales que siguen el curioso lector la percibirá fácilmente.
Las torres de las iglesias y las chimeneas de las fábricas yerguen sus pirámides agudas y sus tallos rígidos ... (Groussac).
La luna conducía su albo bajel por la extensión serena ... (Oyuela).
¡Oh luna que diriges como sportswoman sabia por zodíacos y eclípticas tu lindo cabriolé ... (Lugones).
Al variar mínimamente la acomodación ocular, vemos la alberca habitada por todo un paisaje. El huerto se baña en ella: las manzanas nadan reflejadas en el líquido y la luna de prima noche pasea por el fondo su inspectora faz de buzo. (Ortega y Gasset).
El puente viejo tiende su arco sobre el río, uniendo las quintas al campo tranquilo. (Güiraldes).
Si no me engaño, los ilustres fragmentos que he congregado, sufren de una leve incomodidad. A una indivisa imagen sustituyen un sujeto, un verbo y un complemento directo. Para mayor enredo, ese complemento directo resulta ser el mismo sujeto, ligeramente enmascarado. El bajel conducido por la luna es la misma luna; las chimeneas y torres yerguen pirámides agudas y tallos rígidos que son las mismas torres y chimeneas; la luna de prima noche pasea por el fondo de la pileta una inspectora faz, que no difiere de la luna de prima noche. Güiraldes muy superfluamente distingue el arco sobre el río y el puente viejo y deja que dos verbos activos –tender y unir- agiten una sola imagen inmóvil. En el jocoso apóstrofe de Lugones, la luna es una sportswoman que dirige “por zodíacos y eclípticas un lindo cabriole” –que es la misma luna. Los defensores de ese desdoblamiento verbal pueden argumentar que el acto de percibir una cosa –la frecuentada luna, digamos- no es menos complicado que sus metáforas, pues la memoria y la sugestión intervienen; yo les replicaría con el principio taxativo de Occam: No hay que multiplicar en vano las entidades.
Otro método censurable es la enumeración y definición de las partes de un todo. Me limitaré a un solo ejemplo:
Ofrecía sus pies en sandalias de gamuza morada, ceñidas con una escarcha de gemas ... sus brazos y su garganta desnudos, sin una luz de joyas; sus pechos, firmes, alzados; su vientre, hundido, sin regazo, huyendo de la opulencia nacida en la cintura; las mejillas doradas; los ojos, de un resplandor enjuto, agrandados por el antimonio; la boca, con el jugoso encendimiento de algunas flores; la frente, interrumpida por una senda de amatistas que se extraviaba en su cabellera de brillos de acero, repartida sobre los hombros en trenzas de una íntima ondulación. (Miró).
Trece o catorce términos integran la caótica serie; el autor nos invita a concebir esos disjecta membra y a coordinarlos en una sola imagen coherente. Esa operación mental es impracticable: nadie se aviene a imaginar pies del tipo X y añadirles una garganta del tipo Y y mejillas del tipo Z ... – Herbert Spencer (The philosophy of style, 1852) ha discutido ya este problema.
Lo anterior no quiere vedar toda enumeración. Las de los Salmos, las de Whitman y las de Blake tienen valor interjectivo; otras existen verbalmente, aunque son irrepresentables. Por ejemplo, ésta:
Salió al punto de en medio de la baraja de corchetes y reos un diablo padre, vejancón y potroso, descarriado de piernas, mellado de vista, cavernoso de carrillos, y con la herramienta de arañar tan larga como la de un escribano. Pareció éste tirando por el ramal de una difunta dromedario, con una jornada de cuerpo, tan pesada, terca y perezosa, que conduciéndola al teatro, le faltó poco para reventar el demonio añejo. (Torres Villarroel).
He denunciado en esta página los dos errores habituales del género. En otras (verbigracia, en Discusión, 1932, págs. 109-114) he razonado el único procedimiento que me parece válido. El procedimiento indirecto, el que maneja con esplendor William Shakespeare en la escena primera del acto quinto del Merchant of Venice.
Jorge Luis Borges
jueves 20 de diciembre de 2007
Diario de un libro, Girri, Lunes 19 de julio de 1971
El astuto es capaz de anticiparse al peligro, olerlo, escapar. Pero lo que mejor pone en evidencia su astucia es que disimula estar prevenido en contra de lo que sólo él ha entrevisto.
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